El amanecer resulta definitivamente extraordinario cuando el caminante llego ante el portal de la hacienda, su propósito no es otro que requerir agua y alimento por cualquier reparación que se pudiera necesitar ese fue el tenor de lo que solicito al dueño de ese lugar.
Estoy precisamente requiriendo alguien que pueda cercar el límite de mi hacienda y la propiedad contigua pues mi privacidad es lo más importante… ¿Ud., haría esa encomienda? claro que necesito que sea en corto tiempo, pues me apremian los míos y lo mío sea precisamente. Mientras voy a ir al pueblo y regresaré mañana a eso del mediodía ¿esta ud de acuerdo...?
Si y espero que mi labor le resulte a la altura de vuestros requerimientos…
Transcurrió toda la jornada y el caminante no descansó ni siquiera de noche, trabajo arduamente hasta terminar su labor a eso del mediodía del siguiente día.
No se cumplía aun la primera hora después del medio día cuando el carruaje del hacendado llegó, y al bajar éste de su carruaje su rostro describió una expresión de sorpresa rara veces vista… la escena era la siguiente: cerco no existía ninguno, en cambio justo casi en la mitad de el deslinde y, precisamente frente a la entrada de la hacienda se erguía un hermoso puente, hecho de las finas maderas y tallado con una exquisitez pocas veces vista en la época.
Se disponía a girar su cabeza el hacendado para recriminar al humilde caminante… cuando con asombro vio en la mitad del puente a su vecino, quién era precisamente su hermano, quien con los brazos abiertos, sencillamente lo esperaba. Con un nudo en la garganta, avanzó hacia él y su rostro no pudo esconder el rubor propio de la inocencia, el abrazo fue sublime y sin palabras…
“Señor perdone mis palabras, pero necesito que se quede en mi hogar”, fue lo que dijo el hacendado el humilde caminante disponerse a marchar.
Hijo, debo partir, pues existen muchos puentes aun por construir…
Fr+ Luis Monsalve Rojas
Non Nobis Domine














